jueves, 4 de octubre de 2012

Dictadura [I]



El cuerpo de tez blanca como el papel se balanceaba en el pino, arrastrándose por el viento. Su cabello negro y despeinado, por suerte, le cubría el rostro. Aun así, podía imaginar la cuerda que le rodeaba el cuello, de la cual colgaba todo su peso. Para que las partes íntimas del cadáver no pudieran ser vistas por el resto de los habitantes, le habían puesto una simple tela blanca – como signo de pureza - que le hacía de vestido  y que le llegaba hasta los pies. Las nubes grises invadían el cielo y parecía que el cielo hubiese cambiado de color para siempre. Ningún pájaro tenía ganas de salir de su hogar a causa de los tiroteos del día anterior.

Estaba en clase, sentada, atendiendo a la profesora. Éramos pocos, unos cuatro contados, todos los demás habían desaparecido y yo era la única niña de entre ellos. Con esa corta edad no llegué a pensar que estarían muertos. En una de las primeras filas, seguía escuchándola aunque más bien observándola. Le temblaban las manos y sus ojos brillaban resaltando las lágrimas que estaba escondiendo. Se paseaba por el estrecho pasillo de mesas explicando la teoría cuando, al girarse para volver hacia su mesa, visualizó a través de la ventana ese cadáver. Parte de la pared era de cristal así que era inevitable no verlo: un bosque de pinos y en uno de él colgaba el cuerpo, moviéndose a causa del viento. Explotó a llorar, gimiendo y dejándose caer en el suelo, se tapaba la cara con las manos para que los alumnos no la viéramos. No sabíamos qué hacer, algunos se pusieron a llorar también, otros se quedaron en estado de shock. Tras aproximadamente unos seis minutos, aun llorando, se levantó del suelo y se acercó hacia la ventana. Continuó explicando mientras pasaba la cortina con una mano y con la otra se secaba las lágrimas. 

En ese justo momento alguien le dio una fuerte patada a la puerta. La profesora se quedó helada y todos los giramos para visualizar qué pasaba. Tres hombres grandes y robustos nos estudiaban con la mirada con un arma en la mano. Todos llevaban el mismo equipamiento, un casco negro que les cubría casi toda la cara, un arma, un escudo con un símbolo extraño y un traje completamente negro con unas resistentes botas.

CONTINUARÁ.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Luna



Era pequeñita, unos seis años más o menos. Antes tenía el cabello “color cerveza”, siempre suelto hasta el hombro. Por supuesto, ojos castaños solo que un poquitín más claros. La oscuridad me daba miedo y por eso nunca quería ir a dormir. Mi madre enchufaba una luz en forma de Luna y eso calmaba mis sueños y pesadillas. Me sentía mucho mejor, protegida, como si estuviera acampando al aire libre, durmiendo debajo la Luna.

Como es normal, mi madre empezaba a pensar que tenía problemas de crecimiento o psicológicos, algo típico de las preocupaciones de una madre. El pediatra nos dijo que no había ningún problema grave, tan solo debía de quitarme la luz blanca para acostumbrarme a la “luz negra”.

Por las noches no podía dormir, pensaba que detrás de todo aquello que no podía ver se escondía algo monstruoso y horripilante. Cualquier mínimo ruido se convertía en el susurro de un fantasma.
Un sábado, alguien abrió la puerta de mi habitación por la noche. Quise saber qué hora era pero todo estaba invadido en la negrura.

-          ¿Mami?

Oí unos pasos que se acercaban a mi cama y lo único que se me ocurrió hacer fue esconderme debajo de las sábanas. Los pasos cesaron y aun sin notar nada saqué los ojos al exterior.

Mi rápida respiración me despertó. Miré hacia mí alrededor. Se filtraba un poco de luz entre las persianas. El reloj digital que había a mi lado izquierdo marcaba las siete de la mañana y pocos minutos más. Todo estaba en su sitio, ordenado, tal y como lo dejé la pasada noche. A mi lado, mi marido seguía durmiendo. Me abracé a él buscando consuelo e intentando volver a dormirme.

La verdad es que, desde que me quitaron a mi Luna, sigo teniendo miedo a la oscuridad. La echo de menos.

martes, 2 de octubre de 2012

Contrato



No había sitio cerca del parque Agost, y a causa de eso, tuve que aparcar el coche algo lejos y caminar un buen rato, a pesar de lucir los tacones nuevos.
Era domingo. Uno de esos de sol radiante, uno de esos en los que te apetece salir a pasear y disfrutar de los primeros días de primavera. Niños pequeños jugaban con una pelota de plástico corriendo a toda pastilla tras ella sin perderla de vista, mientras que las niñas y otros niños aún más pequeños se divertían ensuciándose en una caja de arena construyendo castillos o vistiendo a las muñecas. Los adultos paseaban por el parque, otros estaban sentados en los bancos, hablando de temas que mis oídos no llegaban a escuchar, y los más mayores, se sentaban al lado de una fuente donde daban de comer a las palomas o sentados en las terrazas de los bares leyendo la prensa escrita.
Todo el mundo iba acompañado, nadie estaba solo en ese parque excepto un chico que estaba sentado en un banco y yo, de pie en una de las entradas del espacio público.
Me estaba esperando, al menos, yo creía que era él en ese momento y la verdad, no iba mal encaminada. Al verme, se levantó y se acercó a mí con un paso algo rápido y nervioso. Su piel era pálida y resaltaba su oscuro cabello muy bien peinado, con un flequillo que parecía de una moda de décadas atrás pero que le hacía elegante y formal a la vez. Los ojos marrones café, típicos de un español de sangre nacionalista, era algo raro de encontrar por aquí. Me sonrió y él mismo fue el primero en hablar.
-       ¿Susan Mawson?
-       Susie. – Respondí devolviéndole la sonrisa. En su acento no había rastro parecido a un chico español.
-       Un placer Susie, soy Derek Bryant.
Me tendió la mano como gesto de educación mientras que con la otra se aflojaba el nudo de la corbata - de un color verde oscuro - que rodeaba su cuello. Le estreché la mano también.
-       Igualmente señor Bryant, ansiaba conocerle desde que recibí la noticia.
No se molestó en rectificarme y decir que le tratara de tú y no de usted, pero no hice caso al detalle. Acto seguido le solté la mano.
-       Será mejor que nos sentemos y hablemos tranquilamente. Hay mucho de lo que hablar.
Los dos nos sentamos en ese banco en el que, hacía unos segundos, el señor Bryant miraba su reloj con impaciencia.
-       ¿Ha hablado con la señorita Helen sobre el libro?
-       Aún no. Solo le conozco a usted; no sé quién es de hecho. Creía que de las llamadas y de los contactos se hacía cargo usted señor Bryant.
-       Y no se lo voy a negar, eso mismo le dije por teléfono y voy a cumplir mi palabra. Todo sea para poder ayudarla.
-       Eso espero, confío en usted. ¿Quién es esa tal Helen?
Su rostro de preocupación mostraba el arrepentimiento de haberla mencionado.
-       Ella es mi compañera, trabaja conmigo y nos vamos turnando las horas. Por eso pensé que ya le conocía pero veo que no es así.
Tal y como la describió, podía imaginar a la típica secretaria guapa detrás de un escritorio realizando llamadas telefónicas a los clientes.
-       Oh vaya, entiendo. – Solté sin un mínimo interés por la chica.
-       Susie, discúlpeme, debo realizar una llamada ahora mismo, espéreme aquí.
Se levantó dejándome sola en el banco, sacó su teléfono móvil de alta tecnología y caminó hasta estar a unos cuantos metros de mí. El señor Bryant había hablado más de la cuenta y sentía la necesidad de arreglarlo de alguna forma. Sabía que, tras esa conversación de conocidos, no nos volveríamos a ver las caras nunca más, a no ser que el destino volviera a juntarnos de forma casual.
No pude oír ninguna palabra de la conversación, el señor Bryant parecía hacer playback. Después de apenas tres minutos volvió a sentarse en el banco por tercera vez.
-       Perdone Susie, sé que es una verdadera falta de respeto. A lo que iba, solo le queda una última cosa para que todo esté listo. Mañana empezarán a hacer las novecientas copias para que este Miércoles  puedan ser enviadas a Michigan vía avión.
-       ¿Qué falta? Ya lo he enviado y pagado todo e incluso he decidido el diseño.
-       Eso es necesario pero esta última cosa es obligatoria, esencial por decirlo de alguna manera.
Cogió su maletita y se la puso encima de las rodillas, buscando alguna cosa que guardaba dentro. Sacó cuatro hojas de papel unidas por una grapa y que claramente al final del primero folio había un espacio resaltado para poder firmar.
Aparté la vista de los papeles y le miré a él, aun conservaba su sonrisa. Me daba el presentimiento de que tras todo el esfuerzo realizado durante dos años, había caído en una trampa de la cual ya era imposible salir.

lunes, 1 de octubre de 2012

Un nuevo mundo



-          ¿Hola?

-          ¡Hola! – Oí de fondo

Estaba en un bosque, perdida. No sabía quién era ni dónde estaba. No sabía absolutamente nada sobre mí. De repente, apareció una chica muy guapa delante de mí que no tenía ni idea de dónde había surgido.

-          Me llamo Hira, ¿eres Poralaw? – La joven bajita, pálida y pelirroja me miraba con sus preciosos ojos verdes. Vestía un vestido largo, blanco y voluminoso y en su espalda tenía algo muy, muy brillante. Era guapísima.

-          No lo sé, no sé nada. Eres preciosa… - Y me quedé admirándola con la boca un poco abierta.
-          Gracias, tú también… - hizo una pausa y arqueó una ceja, dudando. - … lo serás. Creo que soy tu hada maestra, encantada, me llamo Hira.

“¿Hada?”, me pregunté extrañada. Entonces, presté más atención a eso blanco que brillaba en su espalda, efectivamente, eran dos alas. Parecían muy finas y delicadas, como si estuvieran hechas con una capa de purpurina plateada.

-          ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Quién eres? – Pregunté sin aguantarme.

-          Ya te lo he dicho, me llamo Hira y soy tu hada maestra. Me encargaré de que te conviertas en una buena hada, bueno, puedes ser una hada mala si quieres… pero como maestra, me gustaría que fueras buena. Estás en el bosque Fessale, en la zona de iniciación. El bosque se divide en varias zonas, la de conversión, iniciación, creación y aprendizaje. En teoría has nacido en la zona de creación, no sé cómo has acabado aquí, te estaba buscando… Tú te llamas Poralaw, ¿te gusta tu nombre? Eres una hada, al igual que yo, pero yo ya tengo mis añitos y tú acabas de nacer.

-          Me gusta, no está mal. ¿Quién me lo ha puesto?

-          ¡Genial! Te lo he puesto yo. ¿Seguro que quieres este nombre? Tu nombre no podrá ser cambiado nunca más. – Dijo con una sonrisa en la cara.

-          Sí, me encanta, tienes un buen gusto. – Le devolví agradecida la sonrisa.

-          Antes que nada, para ser una hada necesitas unas alas y un cuerpo, mírate en el espejo. – Guiñó su ojo izquierdo y apareció un gran espejo en el que me veía reflejadas.

Era una chica pálida, alta de pelo anaranjado y con pecas en las mejillas. Estaba completamente desnuda. Cuando me percaté de eso, rápidamente me tapé con las manos las partes íntimas. Hira se rió de mí.

-          No te preocupes por estar desnuda. Deberías preocuparte si sales del bosque Fessale, dentro de él, como nacen muchas hadas, es normal verlas desnudas. Entiendo cómo te sientes ahora mismo, así que vayamos a la zona de creación y modifiquemos tu cuerpo.

Me miré de nuevo al espejo. No me gustaba. Mi cara era extraña, no era tan perfecta como la de Hira, por eso, la seguí sin quejas. Hira hizo desaparecer el espejo mientras me estaba mirando y voló hasta mi espalda. Con sus dos dedos índices me dibujó unas alas  e hizo aparecer otro espejo que permitía ver mi espalda sin mover ni un dedo. Las alas parecían de mariposa, muy típicas, las tradicionales de un cuento para niños.

-          No me gustan… - Dije con temor a que rechazara mis pensamientos.

-          Tranquila Poralaw, son solo provisionales. Es para que no vayas andando hasta la zona de creación. Pruébalas.

-          ¿Cómo? – Me sentía inútil en ese mismo instante.

-          Así. – No sé cómo lo hizo pero en un segundo ya estaba encima de mí.

-          Eh… ¿cómo? – Pregunté sintiéndome aun más inútil.

-          Presta atención. Tienes que dar un salto y en el momento que estás en el aire, que es muy poco tiempo, avanzas un pie como si fueras a subir una escalera. Pruebalo.

Tenía miedo de caerme pero no quería ir andando hacia tal lugar. Di un salto tal y como dijo y acto seguido el extraño paso. Creía que me iba a caer pero mis pensamientos estaban equivocados, en menos de un segundo ya estaba flotando pero a tan solo a un metro del suelo.