Mostrando entradas con la etiqueta susie. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta susie. Mostrar todas las entradas

martes, 2 de octubre de 2012

Contrato



No había sitio cerca del parque Agost, y a causa de eso, tuve que aparcar el coche algo lejos y caminar un buen rato, a pesar de lucir los tacones nuevos.
Era domingo. Uno de esos de sol radiante, uno de esos en los que te apetece salir a pasear y disfrutar de los primeros días de primavera. Niños pequeños jugaban con una pelota de plástico corriendo a toda pastilla tras ella sin perderla de vista, mientras que las niñas y otros niños aún más pequeños se divertían ensuciándose en una caja de arena construyendo castillos o vistiendo a las muñecas. Los adultos paseaban por el parque, otros estaban sentados en los bancos, hablando de temas que mis oídos no llegaban a escuchar, y los más mayores, se sentaban al lado de una fuente donde daban de comer a las palomas o sentados en las terrazas de los bares leyendo la prensa escrita.
Todo el mundo iba acompañado, nadie estaba solo en ese parque excepto un chico que estaba sentado en un banco y yo, de pie en una de las entradas del espacio público.
Me estaba esperando, al menos, yo creía que era él en ese momento y la verdad, no iba mal encaminada. Al verme, se levantó y se acercó a mí con un paso algo rápido y nervioso. Su piel era pálida y resaltaba su oscuro cabello muy bien peinado, con un flequillo que parecía de una moda de décadas atrás pero que le hacía elegante y formal a la vez. Los ojos marrones café, típicos de un español de sangre nacionalista, era algo raro de encontrar por aquí. Me sonrió y él mismo fue el primero en hablar.
-       ¿Susan Mawson?
-       Susie. – Respondí devolviéndole la sonrisa. En su acento no había rastro parecido a un chico español.
-       Un placer Susie, soy Derek Bryant.
Me tendió la mano como gesto de educación mientras que con la otra se aflojaba el nudo de la corbata - de un color verde oscuro - que rodeaba su cuello. Le estreché la mano también.
-       Igualmente señor Bryant, ansiaba conocerle desde que recibí la noticia.
No se molestó en rectificarme y decir que le tratara de tú y no de usted, pero no hice caso al detalle. Acto seguido le solté la mano.
-       Será mejor que nos sentemos y hablemos tranquilamente. Hay mucho de lo que hablar.
Los dos nos sentamos en ese banco en el que, hacía unos segundos, el señor Bryant miraba su reloj con impaciencia.
-       ¿Ha hablado con la señorita Helen sobre el libro?
-       Aún no. Solo le conozco a usted; no sé quién es de hecho. Creía que de las llamadas y de los contactos se hacía cargo usted señor Bryant.
-       Y no se lo voy a negar, eso mismo le dije por teléfono y voy a cumplir mi palabra. Todo sea para poder ayudarla.
-       Eso espero, confío en usted. ¿Quién es esa tal Helen?
Su rostro de preocupación mostraba el arrepentimiento de haberla mencionado.
-       Ella es mi compañera, trabaja conmigo y nos vamos turnando las horas. Por eso pensé que ya le conocía pero veo que no es así.
Tal y como la describió, podía imaginar a la típica secretaria guapa detrás de un escritorio realizando llamadas telefónicas a los clientes.
-       Oh vaya, entiendo. – Solté sin un mínimo interés por la chica.
-       Susie, discúlpeme, debo realizar una llamada ahora mismo, espéreme aquí.
Se levantó dejándome sola en el banco, sacó su teléfono móvil de alta tecnología y caminó hasta estar a unos cuantos metros de mí. El señor Bryant había hablado más de la cuenta y sentía la necesidad de arreglarlo de alguna forma. Sabía que, tras esa conversación de conocidos, no nos volveríamos a ver las caras nunca más, a no ser que el destino volviera a juntarnos de forma casual.
No pude oír ninguna palabra de la conversación, el señor Bryant parecía hacer playback. Después de apenas tres minutos volvió a sentarse en el banco por tercera vez.
-       Perdone Susie, sé que es una verdadera falta de respeto. A lo que iba, solo le queda una última cosa para que todo esté listo. Mañana empezarán a hacer las novecientas copias para que este Miércoles  puedan ser enviadas a Michigan vía avión.
-       ¿Qué falta? Ya lo he enviado y pagado todo e incluso he decidido el diseño.
-       Eso es necesario pero esta última cosa es obligatoria, esencial por decirlo de alguna manera.
Cogió su maletita y se la puso encima de las rodillas, buscando alguna cosa que guardaba dentro. Sacó cuatro hojas de papel unidas por una grapa y que claramente al final del primero folio había un espacio resaltado para poder firmar.
Aparté la vista de los papeles y le miré a él, aun conservaba su sonrisa. Me daba el presentimiento de que tras todo el esfuerzo realizado durante dos años, había caído en una trampa de la cual ya era imposible salir.