Era pequeñita, unos seis años más o menos. Antes tenía el cabello “color
cerveza”, siempre suelto hasta el hombro. Por supuesto, ojos castaños solo que
un poquitín más claros. La oscuridad me daba miedo y por eso nunca quería ir a
dormir. Mi madre enchufaba una luz en forma de Luna y eso calmaba mis sueños y
pesadillas. Me sentía mucho mejor, protegida, como si estuviera acampando al
aire libre, durmiendo debajo la Luna.
Como es normal, mi madre empezaba a pensar que tenía problemas de
crecimiento o psicológicos, algo típico de las preocupaciones de una madre. El
pediatra nos dijo que no había ningún problema grave, tan solo debía de
quitarme la luz blanca para acostumbrarme a la “luz negra”.
Por las noches no podía dormir, pensaba que detrás de todo aquello que no
podía ver se escondía algo monstruoso y horripilante. Cualquier mínimo ruido se
convertía en el susurro de un fantasma.
Un sábado, alguien abrió la puerta de mi habitación por la noche. Quise
saber qué hora era pero todo estaba invadido en la negrura.
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¿Mami?
Oí unos pasos que se acercaban a mi cama y lo único que se me ocurrió hacer
fue esconderme debajo de las sábanas. Los pasos cesaron y aun sin notar nada
saqué los ojos al exterior.
Mi rápida respiración me despertó. Miré hacia mí alrededor. Se filtraba un
poco de luz entre las persianas. El reloj digital que había a mi lado izquierdo
marcaba las siete de la mañana y pocos minutos más. Todo estaba en su sitio,
ordenado, tal y como lo dejé la pasada noche. A mi lado, mi marido seguía
durmiendo. Me abracé a él buscando consuelo e intentando volver a dormirme.
La verdad es que, desde que me quitaron a mi Luna, sigo teniendo miedo a la
oscuridad. La echo de menos.