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miércoles, 3 de octubre de 2012

Luna



Era pequeñita, unos seis años más o menos. Antes tenía el cabello “color cerveza”, siempre suelto hasta el hombro. Por supuesto, ojos castaños solo que un poquitín más claros. La oscuridad me daba miedo y por eso nunca quería ir a dormir. Mi madre enchufaba una luz en forma de Luna y eso calmaba mis sueños y pesadillas. Me sentía mucho mejor, protegida, como si estuviera acampando al aire libre, durmiendo debajo la Luna.

Como es normal, mi madre empezaba a pensar que tenía problemas de crecimiento o psicológicos, algo típico de las preocupaciones de una madre. El pediatra nos dijo que no había ningún problema grave, tan solo debía de quitarme la luz blanca para acostumbrarme a la “luz negra”.

Por las noches no podía dormir, pensaba que detrás de todo aquello que no podía ver se escondía algo monstruoso y horripilante. Cualquier mínimo ruido se convertía en el susurro de un fantasma.
Un sábado, alguien abrió la puerta de mi habitación por la noche. Quise saber qué hora era pero todo estaba invadido en la negrura.

-          ¿Mami?

Oí unos pasos que se acercaban a mi cama y lo único que se me ocurrió hacer fue esconderme debajo de las sábanas. Los pasos cesaron y aun sin notar nada saqué los ojos al exterior.

Mi rápida respiración me despertó. Miré hacia mí alrededor. Se filtraba un poco de luz entre las persianas. El reloj digital que había a mi lado izquierdo marcaba las siete de la mañana y pocos minutos más. Todo estaba en su sitio, ordenado, tal y como lo dejé la pasada noche. A mi lado, mi marido seguía durmiendo. Me abracé a él buscando consuelo e intentando volver a dormirme.

La verdad es que, desde que me quitaron a mi Luna, sigo teniendo miedo a la oscuridad. La echo de menos.